Presupuesto de página web: qué debe incluir

Ábaco de latón con cuentas crema y verde salvia sobre un pedestal bajo

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Un presupuesto de página web fiable es la descripción por escrito de una web concreta, con su importe al final. Para compararlo con otros tiene que decir qué se entrega, qué queda fuera, qué se paga una vez y qué vuelve cada año, cuándo se da por terminada, qué pasa si el encargo cambia y de quién es la web cuando acaba el proyecto.

Lo que no diga eso es solo un número. Cuando tres propuestas para el mismo proyecto de diseño web no se parecen en nada, antes de preguntarte quién se pasa, pregúntate qué ha presupuestado cada una. Qué pedir antes está en el briefing de diseño web; esto va del paso siguiente, con los documentos ya sobre la mesa.

Una línea y un total no son un presupuesto

«Diseño y desarrollo web» seguido de un importe no describe una web: describe una factura. Un presupuesto comparable desglosa por lo que vas a recibir, no por los departamentos de la agencia. «Diseño de la portada y de cinco plantillas interiores, adaptadas a móvil» es una partida; «diseño», a secas, no lo es.

Las partidas que deberían aparecer, cada una con su alcance:

  • Estructura: qué páginas o plantillas, y cuántas.
  • Funciones: formularios, reservas, área privada, buscador, idiomas.
  • Contenidos: quién escribe los textos, quién aporta las fotos, quién traduce y para cuántas páginas.
  • Lo que se hereda: qué contenidos de la web actual se trasladan y si las direcciones antiguas se redirigen a las nuevas.
  • Puesta en marcha: dominio, correo, textos legales y medición de los formularios.
  • Después: garantía, formación a tu equipo y mantenimiento, cada uno en su línea.

Si el presupuesto va por horas, la pregunta no cambia: qué se entrega con ellas. Las horas miden el esfuerzo; tú compras el resultado.

Lo que el presupuesto calla también es una cláusula

La línea más útil de un presupuesto es la que dice lo que no incluye. «No incluye redacción de textos» parece letra pequeña y es justo lo que permite comparar: dos propuestas que excluyen lo mismo se pueden poner una junto a la otra. Una que excluye y otra que calla, no.

Lo que no aparece no está incluido ni excluido: está pendiente. Y lo pendiente se negocia después, con la web a medias, la fecha encima y una sola agencia al otro lado de la mesa.

Lo que se paga una vez y lo que vuelve cada año

Una web tiene dos clases de coste, y un presupuesto honesto las separa: lo que se paga una vez para construirla y lo que vuelve cada año, como el dominio, el alojamiento, el mantenimiento o las licencias. Si una propuesta incluye lo recurrente «el primer año» y otra no lo menciona, no comparas lo mismo. Pide a todas el coste del segundo año.

Las licencias merecen línea propia, porque hay complementos de pago para WordPress que se venden por suscripción. Un ejemplo con nombre: Elementor, una herramienta muy extendida para construir páginas. Su centro de ayuda explica que, si no se renueva la versión de pago, ya no se puede actualizar y el acceso a sus funciones puede quedar limitado. Y advierte de que actualizar solo la parte gratuita puede causar problemas de compatibilidad.

Así que la pregunta no es si la web lleva licencias, sino a nombre de quién están. Si son de la agencia y dejáis de trabajar juntos, pueden irse con ella, y tu web se queda con una pieza que ya no se actualiza. El presupuesto debe decir cuáles lleva, quién las paga y a nombre de quién van, tipografías y fotos de banco incluidas. Qué debe cubrir la cuota anual lo contamos en qué incluye de verdad el mantenimiento web.

De quién es la web cuando termina el proyecto

Pagar una web no te hace, por sí solo, titular de sus derechos. La Ley de Propiedad Intelectual protege las creaciones originales —su artículo 10 cita expresamente los programas de ordenador, el dibujo y la fotografía—, y el artículo 17 reserva al autor la explotación de su obra, incluida su transformación, que el artículo 21 define como traducirla, adaptarla o modificarla de modo que resulte una obra diferente.

La cesión de esos derechos tiene que constar por escrito (artículo 45) y, cuando el contrato no concreta, la ley la recorta. Lo dice el artículo 43.2: «La falta de mención del tiempo limita la transmisión a cinco años y la del ámbito territorial al país en el que se realice la cesión». Sin usos detallados, la cesión se queda en lo «indispensable para cumplir la finalidad» del contrato.

Cinco años pasan deprisa. Y lo indispensable para publicar una web puede no cubrir lo que tu empresa querrá hacer con ella después: ampliarla, adaptarla a una marca nueva o encargar los cambios a otro proveedor.

Basta una cláusula clara que diga qué se cede —diseño, código, textos, imágenes propias—, si es en exclusiva, por cuánto tiempo, dónde y para qué usos, modificarla incluido. El alcance lo decide tu asesor legal; lo que no puede pasar es que el papel calle. Y con los derechos, las llaves: qué archivos y qué accesos de administración te entregan.

Cuándo está terminada, y qué pasa si el encargo cambia

«Entrega de la web» no es un hito si nadie ha escrito qué significa. El presupuesto debe decir cómo se acepta cada fase: qué se revisa, en qué móviles y navegadores, cuántas rondas de cambios entran —el número importa, como explicamos en cuánto se tarda en hacer una web— y quién aprueba por tu parte.

Un criterio sensato con los pagos: que vayan ligados a fases aceptadas, no a fechas. Un pago que vence a fin de mes, esté o no aprobado el diseño, cambia quién tiene prisa por terminar.

Tras publicar, debe haber un plazo de garantía, concreto y por escrito, para corregir sin coste los fallos de lo construido. No es mantenimiento: la garantía cubre lo que se entregó mal; el mantenimiento, lo que el tiempo estropea.

Quedan los cambios, y el Código Civil ya los resolvió en 1889 para los edificios. Su artículo 1593 dice que quien construye «por un ajuste alzado» —a precio cerrado— y «en vista de un plano convenido» no puede pedir más aunque suban los jornales o los materiales. Sí puede «cuando se haya hecho algún cambio en el plano que produzca aumento de obra, siempre que hubiese dado su autorización el propietario».

Una web no es un edificio, pero la lógica sirve entera. Un precio cerrado solo lo es sobre un plano cerrado, y el plano de una web es su alcance escrito. Cada cambio se valora y se aprueba por escrito antes de hacerse, no en la factura final. Si el presupuesto no dice cómo, lo decidirá la agencia el día que pidas el primero.

Cuando uno no cuadra, busca la línea que falta

Si un presupuesto sale muy por debajo de los demás, no lo celebres ni lo descartes: busca qué línea le falta. Si sale muy por encima, al revés: qué incluye que los otros callan, y si lo necesitas.

El orden en que buscamos nosotros cuando nos piden leer uno (criterio propio, no un estudio):

  1. Los contenidos. Quién escribe, fotografía y traduce. Si no lo dice, puede estar presupuestando una web vacía.
  2. La web actual. Si se trasladan sus contenidos y se redirigen sus direcciones. Sin eso se arriesga lo que hoy trae visitas desde Google (lo contamos en cuándo rehacer una web).
  3. Las obligaciones. Textos legales, aviso de cookies y, si tu actividad está obligada, accesibilidad. Si faltan, alguien tendrá que añadirlas sobre una web ya terminada.
  4. La medición. Si cada formulario enviado quedará registrado. Sin eso, ninguna campaña sabe qué cuenta como éxito; lo desarrollamos en cómo saber si tu campaña de Google Ads funciona.
  5. Lo que vuelve cada año. Incluido, excluido o sin mencionar.
  6. La garantía y los cambios. Sin ellas, el precio bajo lo es solo hasta el primer imprevisto.

Un presupuesto no se juzga por el total, sino por lo que te permite reclamar. El que dice qué entrega, qué deja fuera, cuándo acaba y de quién es la web al final es el único que se puede comparar. Y el único que se puede hacer cumplir.

Si tienes presupuestos sobre la mesa —nuestros o de otros— y quieres saber qué dicen sus silencios, podemos leerlos contigo antes de que firmes.

Actualizado: 29 de septiembre de 2026.

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