En una página web multilenguaje se traduce lo que es igual en todos los mercados —qué haces, cómo funciona, quién eres— y se rehace lo que cambia en cada uno: el argumento de venta, las pruebas, el contacto, los formularios y las palabras con que te buscan. Antes de elegir idiomas, elige mercados. Y no abras ninguno que tu empresa no pueda contestar.
El mejor ejemplo lo da Google. Su guía sobre sitios multilingües distingue el sitio multilingüe, que ofrece contenido en más de un idioma, del multirregional, que muestra contenido distinto según el país. En inglés, el ejemplo es una empresa canadiense con web en inglés y en francés. En la versión «Español – América Latina», la empresa sigue siendo canadiense. En la versión «Español», es «una empresa gallega que tiene versiones en gallego y en español de su sitio».
Alguien entendió que el ejemplo no se traduce: se cambia por uno que el lector reconozca. Esa es la diferencia entre traducir una web y tenerla en varios idiomas, y conviene decidirla antes de encargar el diseño web.
Dos idiomas pueden ser un solo mercado
Si tu web añade catalán, valenciano, euskera o gallego, no cambias de mercado. El cliente es el mismo, te compara con los mismos competidores y lee también en castellano. La versión nueva es, sobre todo, una traducción cuidada: mismo contenido, mismas pruebas, mismo precio.
Si añades alemán para vender en Alemania, cambias de mercado. Cambian la competencia, las referencias que convencen, el horario y la primera objeción. Y un mismo idioma puede ser dos mercados: el español de Madrid y el de Ciudad de México comparten diccionario, no moneda ni competidores.
Lo que se traduce: lo que no cambia de país
Qué hace tu producto, cómo funciona tu servicio, quién es tu empresa. Eso es igual en Lleida que en Lyon, y se traduce. Con una condición, que es criterio nuestro: que lo traduzca alguien que conozca tu sector, no solo el idioma. Un término técnico mal elegido delata al extranjero en la primera línea.
Según la encuesta Can’t Read, Won’t Buy de CSA Research (2020), hecha a 8.709 consumidores que compran en línea en 29 países, España entre ellos, el 76 % prefiere comprar productos con la información en su idioma, y el 40 % no compra nunca en webs en otros idiomas.
El mismo estudio da otra cifra que conviene leer al revés: el 66 % usa traducción automática en línea. Tu comprador ya puede traducir tu web con un clic. Una versión que solo traduce le ahorra ese clic, nada más; lo que aportas al abrir un idioma es justo lo que el navegador no sabe hacer.
Tampoco hace falta traducirlo todo: según CSA, el 67 % tolera una web con idiomas mezclados. Pero lo que traduzcas, tradúcelo entero. Google advierte de que, si solo se traduce el texto genérico y el grueso queda en un idioma, puede aparecer en los resultados «el mismo contenido en distintos idiomas, lo que genera una mala experiencia de usuario». Mejor diez páginas completas en alemán que cuarenta a medias.
Lo que se rehace: el argumento, las pruebas y el contacto
- El argumento. En España compites con tus competidores; fuera, además, con la distancia. Un comprador de Burdeos se pregunta por qué comprarle a una empresa de Valencia: plazos, servicio técnico, quién le atenderá. Tu web en español no lo contesta porque aquí nadie lo pregunta.
- Las pruebas. Clientes de ese país, certificaciones que allí se reconocen, prensa local. Una referencia de Bilbao convence en Bilbao; en Múnich, menos. Según CSA, el 73 % quiere al menos las opiniones de producto en su idioma.
- El contacto. Teléfono con prefijo, horario en su hora y alguien que conteste en su idioma. Google cuenta entre las señales del país al que se dirige una web las «direcciones y números de teléfono locales en las páginas, el uso del idioma y la moneda locales».
- Los formularios. El que obliga a elegir entre provincias españolas o a escribir un NIF está pensado para un cliente de aquí. Al de fuera le pide datos que no tiene, y se va.
- Las palabras con que te buscan. Lo que teclea un comprador francés no es la traducción de lo que teclea uno español, y en B2B, además, busca como experto: cada idioma pide su propio estudio de búsquedas. Y su propia dirección: Google recomienda «URLs diferentes para cada versión de idioma» y pide no redirigir a nadie «en función del idioma que crees que hablan».
El idioma también tiene efectos legales
Con las lenguas cooficiales, la novedad es la Ley 10/2025 de servicios de atención a la clientela. Afecta a las empresas de servicios básicos, como luz, agua, transporte o telecomunicaciones (art. 2.1), y a las que venden sobre todo a consumidores con al menos 250 trabajadores, más de 50 millones de euros de facturación o más de 43 de balance (art. 2.2).
Si prestan servicio en una comunidad con lengua cooficial, deben atender en ella a quien lo pida (art. 8.6) y responder consultas y reclamaciones «en la misma lengua» en que llegaron (art. 13.6). La ley entró en vigor el 28 de diciembre de 2025 y les da doce meses para adaptarse (disposición transitoria única). La ley no obliga a traducir la web. Obliga a algo más difícil: a que alguien conteste.
En Cataluña, además, el Código de consumo reconoce a los consumidores el derecho a recibir en catalán, entre otros documentos, «las invitaciones a comprar, la información de carácter fijo, la documentación contractual, los presupuestos» (art. 128-1.2). El Tribunal Constitucional lo avaló en 2017 entendido como un derecho a recibirlos también en catalán, sin excluir el castellano. Qué páginas de tu web entran ahí debe decirlo tu asesor legal, y antes de elegir idiomas.
Para vender en otros países de la UE, el idioma cuenta ante un juez. En 2010, el Tribunal de Justicia de la UE enumeró, en una lista que declaró no exhaustiva, indicios de que un vendedor «dirige» su actividad al país de un consumidor. Entre ellos, «la utilización de una lengua o de una divisa distintas» de las habituales en el país del vendedor, con posibilidad de reservar en esa lengua, y «la mención de números de teléfono con indicación de un prefijo internacional». Que la web se pueda abrir desde allí no basta.
Si la actividad se dirige a su país, el consumidor puede demandar ante los tribunales de su domicilio (Reglamento 1215/2012, arts. 17.1.c y 18.1). La regla es para ventas a consumidores, pero la lección sirve a todos: el idioma, la moneda y el prefijo de tu web le dicen a un tribunal a quién quieres vender.
Cada idioma necesita un dueño
Las versiones de una web no envejecen a la vez. La española la lee todo el equipo; la alemana, nadie de dentro. Dos años después, el catálogo en alemán ofrece un producto retirado y el teléfono de un comercial que ya no está.
Nuestro criterio: antes de abrir un idioma, tres nombres. Quién decide qué se dice en ese mercado: el área de exportación, el distribuidor o la delegación. Quién pone al día el texto cuando cambia la versión principal. Y quién contesta los correos y las llamadas que llegarán en ese idioma.
Separa además dos clases de contenido. Lo que debe cambiar en todas las versiones el mismo día —precios, condiciones, textos legales, un producto que se retira— entra en el mantenimiento de la web. Lo que cada mercado lleva a su ritmo —noticias, casos, ferias— va en la agenda de quien lo lleva.
Si un idioma no tiene esos tres nombres, no lo abras todavía. Un idioma en el menú es una promesa: que alguien entenderá lo que te escriban.
Lo que debe llevar el encargo
Para que una agencia presupueste una web en varios idiomas, dale por escrito, idioma por idioma, el mercado al que sirve, qué páginas se traducen, cuáles se escriben de nuevo, quién aporta las pruebas locales y quién contesta. Cabe en el briefing y es lo que hace comparables los presupuestos. Sin eso, cada agencia presupuestará su propia idea de «añadir inglés».
Si vas a abrir mercados y quieres decidir qué necesita cada versión, hablemos.
Actualizado: 15 de octubre de 2026.